26 de septiembre de 2011

El Bulli

cuando entramos por la puerta de El Bulli, lo primero que nos deleita los sentidos es la imagen de una mancha de mercurio moteado que crece sin pudor sobre los restos de un plato sucio, ya olvidado en un rincón, y tan antiguo como las propias bisagras de la puerta.
tampoco se echan en falta los bomboncitos de almidón afgano; ni los míticos boniatos crudos impregnados con napalm; ni una chocolatina de wolframio rojo; ni la gelatina agridulce (y caliente) de los desayunos de La 2.
algunas veces, incluso, podemos ver a su dueño, que un día se compró un Picasso y se lo comió allí mismo, solo por seguir innovando.