10 de octubre de 2011

la triste historia del caracol hipotecado que se convirtió en babosa

recuerdo que, nada más nacer, les pedí a mis padres que me trajeran un plato de fabada, a pesar de no ser asturiano, lo cual causó un tremendo malestar en el jardín; además, nací completamente zurdo y un poco sinestésico; por lo que me aficioné muy rápido a inyectarme la tinta de los bolis; tan poco (tampoco) tardaría mucho en hacerme de letras, ni en fabricar mi primer autogiro con varias cáscaras de plátano.
el caso es que, ahora que lo pienso, tampoco es una historia tan triste, pues puedo comer en una sola noche la mitad de mi peso en fabada, y después bañarme dentro del plato.

este título estaba guardado en un cajón

y quizá debió haberse quedado allí para siempre.